lunes, 26 de agosto de 2013

Cerca del final, donde todo empieza.

Y ese recuerdo ya se ha creado un hueco inexpugnable en mi memoria. Algo imborrable. Algo que ya no se va a mover de ahí. Pero las cosas no empezaron siendo lo que son ahora. Empezaron con momentos que ahora están en mi cabeza en forma de recuerdos. Empezaron en uno de los primeros meses del 2012, allá por febrero.  Era todo demasiado irreal. Demasiado perfecto como para acabar bien. ¿Finales felices? ¿Para qué en la vida real, si ya están en las películas? Pero esto fue algo más que una historia. Fue algo mucho más grande. Algo con amor, amigos, broncas, sonrisas y..., mierda. Mucha mierda. Y por eso es por lo que la recuerdo con más intensidad. Por esa razón, jamás saldrá de mi memoria. Porque era él, su sonrisa, su boca a escasos centímetros de la mía, sus llamadas nocturnas para darme las buenas noches o, simplemente, soltarme un 'te quiero', sus cartas llenas de... mentiras. Mentiras que yo me creí. Que me creí como tonta que fui y que, en el fondo, sigo siendo, porque sé que una pequeña parte de mí, quiere seguir creyéndolas...

Era miércoles por la noche y, como siempre, sonaba el teléfono a la misma hora, las 23:23.
-¡Celia! Es para ti...
-¿Diga?
-Hola...- su voz sonó muy quebrada al otro lado de la línea.- ¿Qué tal estás...?
-Ah... hola, Álvaro. Bien, supongo, ¿tú?
-Bien... Oye, hoy no te llamo para darte las buenas noches y eso...
-¿Qué pasa?
-Verás, lo de esta tarde..., si tú no estás dispuesta, no puedo perder el tiempo. No perder, pero... - Se trababa al hablar. Sabía qué tenía que decir, pero no sabía cómo.- En fin, que lo siento, pero creo que, a pesar de los tres meses que hemos pasado juntos, no puedo seguir haciendo más el tonto. Lo siento, Celia.
Habría sido fácil colgarle y esconderme debajo de las sábanas. Habría sido fácil si mi vida en esos momentos no dependiese de las dos palabras que me solía decir siempre. Dos palabras que, en ese momento, no llegarían.
-¿QUÉ? Álvaro, ¿qué dices? ¿Porque me niegue a eso vas a echar a perder tres meses? Tres meses que, para mí, habían sido increíbles.
-Celia, tengo 14 años, ya es hora...
-¿Hora? ¿De qué? ¿De madurar? Tienes razón. - le corté. No podía seguir escuchando esas palabras salir de su boca. - ¿Sabes? Me engañé creyendo que eras diferente.
Al otro lado del teléfono se escuchó un suspiro. Tras tres segundos que se me hicieron meses, como los nuestros, se escuchó algo más claro al otro lado del teléfono:
-Oye, Celia, tengo que colgar, ¿vale? Hasta otra...
Se lo pensó y... colgó.

Los meses pasaban como puñales, uno detrás de otro. Pasaron tres meses, justo tres... y llegó ella.
-Celia, ¿vienes? Vamos a salir al regimiento las del Cuenqueiro, Marcos, Álvaro y yo. - ella, siempre con su mejor sonrisa.
-Manuela, sabes que me encantaría, pero no pienso ver cómo Álvaro dirige todas y cada una de sus miradas a Patricia.
-Vente, boba. Viene un chico nuevo también. Ángel, se llama.
-Ah, sí... Ese chico que hace skate. Iré, pero por ti, ¿vale?
Ese 'Hasta otra' que me dijo Álvaro hace tres meses por teléfono, era ese día.
Podía notar la sonrisa de Manuela al otro lado del teléfono. Me encantaba.
Estuve allí a las cinco y media, pero volvía a llegar tarde. Me dirigí a Manuela, que me elevó por los aires con un abrazo.
-Hola Celia, este es Ángel. - nos presentó.
Él se acercó, me saludó con una sonrisa en la cara, y me dijo: 'Encantado', a la vez que me daba dos besos; mientras, yo le tocaba con la mano en el hombro. Temblaba. Se me asemejaba a un tentetieso con el que solía jugar de pequeña. Fue un pequeño detalle que significó algo. Le miré a los ojos, un marrón precioso, y, segundos después de contemplarlos, me dirigí a su frente, donde vi una enorme marca de nacimiento, y después, a su pelo, algo rubio. Sabía que era buen chico. Se lo notaba en la forma de sonreírme, de examinarme, tal vez igual que yo le examinaba a él. Después de una sonrisa por parte de los dos, me dirigí a Marcos, un chico al que conocía desde hacía más tiempo que a los demás, pero que no lo parecía; según pasaban los meses, dábamos un paso atrás en nuestra amistad. Estaba con su habitual cara de orgulloso y con un cigarro en la mano derecha, entre los dedos anular e índice. Le miré con cara de 'No debes...', pero se encogió de hombros. aparté mi mirada hacia otro lado, le buscaba a él, y le encontré, pero...
-Manuela, ¿ese es Álvaro?
-Claro, ¿qué pasa?
-¿Qué tiene en la mano?
-Un porro. Lo dices como si el olor no llegase hasta aquí. - lo dijo en un suspiro. - ¿Has visto también la botella de DYC que tiene al lado del pie?
Me acerqué como pude, tambaleándome y pensando si lo mejor sería dar la vuelta. Tarde. Patricia me había visto y cuchicheado a Álvaro cualquier insulto mediocre, igual que lo era ella.
-Eh..., hola, Álvaro, ¿qué haces?
-Intentaba pasar de ti, pero no funciona, por lo que veo.
-Me refería a eso... eso de la mano.
-Se llama porro, idiota.
-¿A qué viene eso?
-Anda, pírate con Ángel, que te está poniendo una carita de perro abandonado increíble, chica.
Le di un beso a Manuela, otros dos a Ángel más una sonrisa y un sutil movimiento de cabeza a Marcos. Me fui.

Era viernes. Viernes de octubre. Álvaro y yo dimos un paso bastante grande a finales de verano al poder hablar cinco frases seguidas sin mala intención por esas fechas. Eran las ocho. Sergio, un amigo del colegio que había pasado parte de las tardes del verano con nosotros, me llamaba al móvil. Su voz al otro lado del teléfono me confunde, y sus palabras, me derrumban.
-Celia, Celia... se le han llevado... Álvaro... esta mañana... Valladolid... centro de menores... - La voz se le trababa y podía oír cómo se sorbía los mocos. Probablemente, él pudo notar o, en su defecto, intuir, cómo una lágrima correteaba por mi mejilla. La primera de muchas. Y mi voz pedía explicaciones. Sabía las respuestas, pero quería más. Quería y necesitaba. Mi corazón se atrevió a buscarlas... ¿Lo único que encontré? Recuerdos. Recuerdos clavados en mi memoria. Recuerdos que me hacían volver atrás. Que, por mentiroso, aprovechado, falso y orgulloso que hubiera sido, todo aquello que habíamos vivido... era pura y absolutamente real. Todo. Pensé en gritar, en salir corriendo de allí, pero.. ¿adónde? Llamé a Marcos y a Ángel, que estaban juntos. Ellos todavía no lo sabían. En principio, para los dos, fue una sorpresa más que una mala noticia. Colgué. Pasé la tarde como pude y, al llegar a casa, hice un recorrido por todas y cada una de las redes sociales. Miles y miles de personas, mejor dicho, hipócritas, habían llenado sus perfiles y cuentas de fotos de Álvaro y frases de despedida. Personas que no eran más que desconocidos suyos. Conocidos de vista. Gente que 'le odiaba'. ''Amigos''. Vi un perfil, el de Manuela, que no tenía nada puesto sobre Álvaro. Ella, que siempre estaba hablando de él. Me di cuenta de que la persona que más aprecio le tenía y que, probablemente la que peor lo estaba pasando, era la que más se lo callaba. Lo que los demás querían era simplemente aparentar. Apagué todo. Cerré el ordenador, dejé el móvil encima de la mesa y me limité a pensar. Le pensé a él, a nuestras tardes en el parque con una cámara y miles de sonrisas, al día que me pidió perdón por su actitud el día que conocí a Ángel, a los abrazos que me había dedicado en varios momentos del verano, al porro que más de una vez había tenido que esconderle, a qué haría él ahora, a cómo sobreviviría sin él hasta que volviese, a las tardes de verano que se pasaba cantándonos conciertos enteros de Fito y los Fitipaldis... Y le pensé tanto, que por tanto pensarle, descubrí un amor incondicional a pequeños detalles, a él. Todavía.
-Celia, ¿estás bien?
-Sí, Álvaro, estaba pensando un poco.
-Anda, ven aquí y dame un abrazo, fea.
¿Recordáis esas dos palabras que estaba deseando escuchar hace bastantes meses en cierta conversación telefónica? Bien, pues...
-Celia.
-Dime, Álvaro.
-Te quiero.

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