martes, 9 de octubre de 2018

recordando el sabor del dolor y el fracaso

Abrí los ojos y ahí estaba.
Mi mayor enemigo.
La pesadilla que procuraba evitar a toda costa.
Con ese significado de fracaso y dolor.
El suelo.
Pero no me detuve.
Apoyé en él mis manos y, con toda la estabilidad que puede tener una niña de 1 año mientras oye cómo toda su alrededor la corea para tal acto, me puse de pie y emprendí de nuevo el camino.
Un paso.
Primero la izquierda.
Otro paso.
Luego la derecha.
Alterné esos movimientos consiguiendo una velocidad media de 1 metro por hora. Pero esta vez conseguí llegar a los brazos de mi abuelo sana y salva.

Llevaba un minuto y medio ahí tendida cuando escuché que el juez de silla repetía mi nombre por segunda vez.
Levanté la vista y vi cómo recogían la bola que acababa de fallar y me había hecho reencontrarme con mi viejo enemigo.
Con el fracaso y el dolor que supone.
Con aquel frío...
Pero esta vez no había nadie coreando mi nombre ni animándome a levantarme.
Sólo encontré con la mirada a una contrincante impaciente por verme perder y a un juez de silla aún más por irse a comer.
Recogí la raqueta del suelo y me levanté.
Quizá fue la rabia al pensar que nadie creía en mí.
Quizá fue la paranoia que vio al mundo entero en mi compra.
Entonces recordé:
Un paso.
Primero una lágrima.
Otro paso.
Luego una sonrisa.
Oí a mi contrincante preguntarme algo, ¿qué sería? Daba igual, ya sólo me oía a mi misma: Puedes. Podrás. Hazlo.
Y lo hice.
Seguí.
Hasta que no pude más.
Hasta el final.
No me llevé aquel partido, pero tampoco perdí.
No todos los caminos tienen finales felices, pero de todos se aprende.