jueves, 28 de noviembre de 2013

Llámame masoca o piensa que te quiero.

A lo mejor no es algo fácil de explicar. Nunca lo ha sido. No va a serlo ahora. Pero... alguien me dijo alguna vez algo como: ''Quien no arriesga, no gana''. Me he cansado de perder. No gano nada con esto, pero será de las pocas veces que, sin ganar nada, tampoco lo pierdo. Una gran oportunidad. Oportunidad... a lo mejor debo empezar por ahí. ¿Cuántas van ya? ¿Tres? ¿Cuatro? Hace tiempo que dejé de creer en los ''para siempre'', en los ''dame una última oportunidad, te prometo juro* que esta es la última, de verdad*'', en los ''te quiero'', en los ''lo siento, no volverá a pasar*'', y otras cosas que tengo muy oídas y muy comprobadas que no tengo que creer más. En fin, hace tiempo que dejé de creer en ti. Y ahora... ¿ahora qué? ¿Qué queda? Quedo yo. También quedas tú. Pero no quedamos nosotros. ¿Recuerdos? Claro que quedan, pero para el daño que hacen, prefiero que se vayan con ese ''nosotros''*. Ahora. Ahora yo. Yo. Yo sola. Sola. Como nunca. Sola. Como siempre. A la luz de una sonrisa. La tuya. Esa que hasta en los días más oscuros daba luz. Hasta cuando lo veía todo negro. Como sus ojos. Esos que te miran igual que un preso mira su libertad.
*Te juro... → Honrados no juran.
*De verdad → Nada es verdad. Ya no.
*No volverá a pasar → Volverá a pasar.
*Nosotros → Mejor sola, que mal acompañada.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Hablemos de lo que es sentirse solo.

Apenas tienes fuerzas para admitir que de verdad lo estás. Te tiemblan las manos y lo único que puedes hacer es sujetarte la mano izquierda con la derecha y/o viceversa. Lo haces tú. A ti mismo. Porque no hay nadie más que esté ahí para hacerlo. Solo te apetece eso. En realidad, ni si quiera te apetece. Eso es solo un acto reflejo. Algo que haces inconscientemente porque lo necesitas. Necesitas el contacto entre tus manos mientras las lágrimas caen sobre el pijama después de haberse suicidado desde la barbilla al haber llegado correteando desde la mejilla. También te sorbes los mocos. También porque tampoco tienes fuerzas para coger un mísero pañuelo. Tus manos están ocupadas entre ellas. O con la pared. Al fin y al cabo, eso también es contacto.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Un buen castigo.

No creo que leas esto nunca. Da igual, tampoco pretendo que lo hagas, pero yo quiero escribírtelo. Ya sabes. ''Por si acaso''. Eres un hijo de puta. Y un cabrón. Pero eso ya lo sabes. Lo que me has dicho esta tarde me ha... tocado. Ha sido como si dijeses todo lo que más me duele junto. Bueno, es que no ha sido exactamente como eso... Es que ha sido justamente eso. Cuando me has dicho que pensase en el peor castigo que se me ocurriese, lo primero que se me ha pasado por la mente ha sido el ''castigo'' de dejarlo con la persona que amas. Para siempre.  Después, se me ha venido a la cabeza cuando mis padres me castigaron un mes sin salir de casa porque me pillaron borracha. No vi a mis amigos en un mes. Una putada, ¿eh? Pero cuando me dijiste: ''¿Ya le tienes? Bueno, pues eso pero durante un año.''     Joder, eres un hijo de puta y me has tocado. La verdad, una hora encerrada contigo no es tan malo. Y yo que pensaba que me ibas a violar. Tonta de mí... Una de las cosas que más me han marcado de hoy que me hayas dicho, ha sido algo como:
''Cuando te hacen algo que te duele más que otra cosa, hace que ese dolor sea tan pequeño que ni lo sientas. ¿Por qué te crees que no me dolían las quemaduras del cigarro? Me puedes quemar un ojo si quieres, pero no me va a doler más que haber estado en ese puto sitio encerrado un año''.
Eso  y el juego del boli. Gracias por enseñarme el juego más entretenido del mundo, porque ''El juego más entretenido del mundo es el juego que nunca termina.'' Jugaré de vez en cuando. Una pena que tenga truco, me gusta ganar. Igual que te gano a ti.
- Ferrero, te mueres por que te de un beso.
-No, Irene, no. Me muero por que a penas me des medio.
Pobre. Con lo que a mí me gusta que me tiren peluches y después me griten ''TE QUIERO''. O que me digas que voy a salir volando. O que vayamos subiendo las escaleras y me pares en cada piso para tirarme al suelo y decirme una y otra vez que eres único porque eso no me lo hace nadie y que todavía y por ahora no me quieres matar. Pero odio tener que suplicarte que me sueltes porque estés encima mía y no tenga fuerza, o tener que golpear la pared y gritarles a todos ''SOCORRO'' para que me saquen de ahí.  Porque no te importo o algo. Me has llegado, Ferrero. Y, aunque parezca que no, yo también me acordaba de alguna de esas fechas que me has mencionado en ''tu vida en verso''. Creo que yo también te aprecio, aunque sea un poco. Pero bueno, a lo mejor es que las ''putas zorras'' como yo también podemos follarnos a 40 pero apreciar solo a un rubio que me ha hecho pensar más en una hora de tarde que otra persona en los 16 años que llevo de idas y venidas. A lo mejor soy más hija de puta que tú pero no quiero que sufras mucho por mí... Será eso, seguro. O será que algún día te contaré ''mi vida en verso'', al terminar cogeré un peluche y te lo lanzaré al grito de ''TE QUIERO''. No lo creo. Yo soy más hija de puta que eso. Mientras tanto, dejaré que ''sigas muriendo por medio beso mío.'' O que sigas contando los meses. 15297, ¿no? Algo así. O te putearé mañana. ¿Quién sabe? Yo sólo sé que me encanta irme a casa con un ''MORENAAAAAA. ¡Que la quiero!'' Desde el otro lado de la calle. Y me encanta irme llorando de una puta habitación y volver diciendo: ''Hijo de puta, si me he ido ha sido porque tenías razón.'', después de que lo último que te haya escuchado decir sea un ''Me río yo de todos los que les dejan sus novios o novias y van de que se quieren morir... Un puto año ahí metido no tiene comparación con eso. Mira tú. Él te dejó. Me descojono de ti y de esa puta mierda.'' Pero, ¿y qué? Mereció la pena volver para escuchar que había sido la única que tuvo cojones a ir abrazada a ti desde la estación de buses a tu casa. Delante de él. ''Eso sí que es tener cojones. Y a mí, que hicieses eso, creas que no, pero me ha llegado.'' Algo así, me gusta escuchar.
Pero, puta rubia, buenas noches. Le espero mañana.

Irene.                          

lunes, 2 de septiembre de 2013

Era lo que había, era lo que tocaba. (26-08-13)

Lo hice todo por dejar atrás nuestro pasado. Todo. Y hoy, he mandado a la mierda todo lo que tanto me costó conseguir durante dos años. Olvidarte. Hoy he vuelto a sumergirme en el mar de esos ojos azules... No era el mismo mar. Como si las olas de tranquilas que solíamos saltar los dos juntos, en las que nos zambullíamos, las que nos salaban la boca interrumpiendo cada beso... Como si esas olas que nos llevaban a la orilla, hubiesen cambiado de playa. Ahora ese mar tiene unas olas distintas, irregulares. Unas olas que, cuando se están formando, parecen susurrarte: ''Huye, nada hacia la orilla y huye. Lejos, muy lejos...'' Son las mismas olas que al romperse, gritan: ''HUYE, NO VUELVAS A LO QUE PASASTE HACE DOS AÑOS, JODER, HUYE''. Pero no las hago caso. Su voz, sus palabras, cada sílaba y letra que pronuncia, que gesticulan sus labios... Cada una de ellas, impiden que huya hasta la orilla del mar de sus ojos. Impiden que me salve. De él. De mí. De nosotros. De nuestro pasado. Ese que él me ha recordado en cada beso. En todos. Esos besos que me cosen los labios a él. A los recuerdos a su lado. Pero... son recuerdos. Y soy consciente de ello.
Recuerdos: palabra de 9 letras que te afirma que lo que tuviste antes, ya no va a volver.
Pero... ¿volver? ¿A qué? ¿A dos años de mierda sufriendo por alguien que no merece la pena? ¿Por recuerdos? No renta. Demasiados motivos para no querer volver a vivir todo aquello. Todo aquello que me hizo feliz, pero que después me destrozó.
Dos años después, ni si quiera su mano tiene el mismo tacto sobre mi piel que antes. Sería la brisa cálida, el mar, o la arena lo que lo hacía especial. Pero ya no siento la brisa cálida, ni oigo el mar, ni tengo restos de arena en la ropa o entre los dedos de los pies. Su tacto ya es un recuerdo. Un recuerdo, ¿solo? No. Un recuerdo de mierda. ¿Por qué de mierda? Porque, por mucho que intento que tus manos y mi piel hablen, solo discuten. Como tú y como yo hace dos años. Como discutían nuestras lágrimas la última noche que te besé. Como no volveremos a hablar, ni si quiera a discutir, nunca más.

The End ?

domingo, 1 de septiembre de 2013

La persona con la que eras feliz ha decidido serlo por su parte.

A veces quieres desaparecer tanto. Demasiado. Nada sale bien y la impotencia que sientes tiene una altura de alcanzar la luna. Vuestra luna. Esa que él te prometió que sería tuya. Igual que el cielo. Todavía sigo mirando hacia arriba, esperando cualquier cosa que me permita cerciorarme de que vas a volver. De que va a volver y va a cumplir todo eso que me prometió. Pero... también me prometió que no se iría nunca, que estaría siempre. Pero un 'siempre' no se cumple si has faltado un solo segundo, y... no sé cuánto llevo sin ti, pero que de verdad, esto a mí me parece una puta eternidad. Algo infinito. Y ya, por ser infinito, sé que no vas a volver. Que todo eso que sentía a tu lado (llámalo amor, llámalo como quieras), sigue aquí, conmigo. Al contrario que tú.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Podría decirte mil cosas malas de ella. Mil y una, si quieres. ¿Sabes la peor? Que te quiere. Todavía. Que sigue enamorada de ti. A pesar de toda la mierda que la echas encima día a día, de cómo la usas, de cómo la miras para que vuelva a caer. Caer en ti. Peor que hundirse. Ni si quiera la has tocado y ya está más que hundida. Fue apenas un simple roce. Un roce que ella prefirió que no acabase nunca. Porque, sabía, que después de esto, no podría volver a levantarse. Y sí, sigo en el suelo.

''Pero Peter, prometiste que no crecerías''.

Hemos pasado de pisar las colillas encendidas que tiraba cualquiera a la calle, a ser ahora nosotros ese ''cualquiera''. De que nuestra madre nos dejase marcas de pedorretas en la tripa a que ahora esas marcas sean chupetones del lío de anoche. Pasar de poner dinero para regalos de cumpleaños a ponerlo para botellones. De rogar cinco minutitos más a tu madre en la cama a rogarle para llegar más tarde a casa. Pasar de bebernos de un trago el cola-cao  a bebernos de un hidalgo el cubata. A tener ojeras por pasar más tiempo de la cuenta pegados al televisor a tenerlas por una noche en vela, pensando en esa persona. Esa puta persona. Esa misma que es la culpable de que hayamos pasado de tener los ojos rojos por cualquier rabieta tonta por un capricho aún más tonto cuando mamá decía que no, a tenerlos así porque ahora sea esa persona la que te diga que no. Hemos pasado tanto. Hemos... bueno, lo que se dice... crecido.

Ahora y siempre.

Me hiciste creer que había un futuro. Un futuro contigo. Un futuro que se ha ido y ahora ya no está. Lo teníamos todo y ya no somos nada. Lo dimos todo a la suerte. A la suerte de encontrar algo mejor. ¿Y si yo no tengo a nadie mejor? ¿Y si no le encuentro? ¿Y si ni si quiera le hay? No, no le hay. Al menos, eso veo cada día. Yo, intentando cerrar esas heridas y tú... con limón en la mano. ''Es como si todo lo bueno de mi vida hubiese terminado''. Fuiste tú el que quiso acabarlo. ''Si yo te he querido muchísimo, pero..., pero ya no.'' Lo siento.'' ¿Que lo sientes? Todo lo que quieras y más, pero eso que ''sientes'' no es ni la mitad de la mitad de lo que de verdad siento yo aquí en el pecho. Eso que se acelera cada vez que me rozas. Que te rozo. Que nos rozamos. Cada vez que te quiero. Siempre.

martes, 27 de agosto de 2013

Septiembre del 2012. (Entrada en obras por falta de amor.)

Alguien me enseñó a dar dos besos y decir ''Encantado'' a la misma persona cada cinco minutos, enfadándote con ella por cualquier chorrada solo para darle esos dos besos y poder sentir esos labios en tu mejilla otra vez. Alguien me enseñó que puedes pedir matrimonio con unas llaves y que la otra persona acepte casarse contigo. Ese alguien me enseñó que a una persona a la que acabas de conocer, puedes lavarle la chaqueta en cualquier fuente en mitad de la noche y que luego se quede gris. Alguien me enseñó que al día siguiente de haber besado a una persona, el mismo día que la conociste, puedes ni mirarla, ni dirigirla la palabra, pero ir sintiendo cada vez algo más fuerte. Me enseñó que puedes decirlo todo sin pronunciar palabra, solo con miradas, o alguna media sonrisa. Ese alguien fue el que me enseñó a levantar la mirada solo para ver una sonrisa. Me enseñó que puedes estar muriéndote de sueño, pero que te quedarás sin dormir lo que haga falta para hablar con él.

lunes, 26 de agosto de 2013

Cerca del final, donde todo empieza.

Y ese recuerdo ya se ha creado un hueco inexpugnable en mi memoria. Algo imborrable. Algo que ya no se va a mover de ahí. Pero las cosas no empezaron siendo lo que son ahora. Empezaron con momentos que ahora están en mi cabeza en forma de recuerdos. Empezaron en uno de los primeros meses del 2012, allá por febrero.  Era todo demasiado irreal. Demasiado perfecto como para acabar bien. ¿Finales felices? ¿Para qué en la vida real, si ya están en las películas? Pero esto fue algo más que una historia. Fue algo mucho más grande. Algo con amor, amigos, broncas, sonrisas y..., mierda. Mucha mierda. Y por eso es por lo que la recuerdo con más intensidad. Por esa razón, jamás saldrá de mi memoria. Porque era él, su sonrisa, su boca a escasos centímetros de la mía, sus llamadas nocturnas para darme las buenas noches o, simplemente, soltarme un 'te quiero', sus cartas llenas de... mentiras. Mentiras que yo me creí. Que me creí como tonta que fui y que, en el fondo, sigo siendo, porque sé que una pequeña parte de mí, quiere seguir creyéndolas...

Era miércoles por la noche y, como siempre, sonaba el teléfono a la misma hora, las 23:23.
-¡Celia! Es para ti...
-¿Diga?
-Hola...- su voz sonó muy quebrada al otro lado de la línea.- ¿Qué tal estás...?
-Ah... hola, Álvaro. Bien, supongo, ¿tú?
-Bien... Oye, hoy no te llamo para darte las buenas noches y eso...
-¿Qué pasa?
-Verás, lo de esta tarde..., si tú no estás dispuesta, no puedo perder el tiempo. No perder, pero... - Se trababa al hablar. Sabía qué tenía que decir, pero no sabía cómo.- En fin, que lo siento, pero creo que, a pesar de los tres meses que hemos pasado juntos, no puedo seguir haciendo más el tonto. Lo siento, Celia.
Habría sido fácil colgarle y esconderme debajo de las sábanas. Habría sido fácil si mi vida en esos momentos no dependiese de las dos palabras que me solía decir siempre. Dos palabras que, en ese momento, no llegarían.
-¿QUÉ? Álvaro, ¿qué dices? ¿Porque me niegue a eso vas a echar a perder tres meses? Tres meses que, para mí, habían sido increíbles.
-Celia, tengo 14 años, ya es hora...
-¿Hora? ¿De qué? ¿De madurar? Tienes razón. - le corté. No podía seguir escuchando esas palabras salir de su boca. - ¿Sabes? Me engañé creyendo que eras diferente.
Al otro lado del teléfono se escuchó un suspiro. Tras tres segundos que se me hicieron meses, como los nuestros, se escuchó algo más claro al otro lado del teléfono:
-Oye, Celia, tengo que colgar, ¿vale? Hasta otra...
Se lo pensó y... colgó.

Los meses pasaban como puñales, uno detrás de otro. Pasaron tres meses, justo tres... y llegó ella.
-Celia, ¿vienes? Vamos a salir al regimiento las del Cuenqueiro, Marcos, Álvaro y yo. - ella, siempre con su mejor sonrisa.
-Manuela, sabes que me encantaría, pero no pienso ver cómo Álvaro dirige todas y cada una de sus miradas a Patricia.
-Vente, boba. Viene un chico nuevo también. Ángel, se llama.
-Ah, sí... Ese chico que hace skate. Iré, pero por ti, ¿vale?
Ese 'Hasta otra' que me dijo Álvaro hace tres meses por teléfono, era ese día.
Podía notar la sonrisa de Manuela al otro lado del teléfono. Me encantaba.
Estuve allí a las cinco y media, pero volvía a llegar tarde. Me dirigí a Manuela, que me elevó por los aires con un abrazo.
-Hola Celia, este es Ángel. - nos presentó.
Él se acercó, me saludó con una sonrisa en la cara, y me dijo: 'Encantado', a la vez que me daba dos besos; mientras, yo le tocaba con la mano en el hombro. Temblaba. Se me asemejaba a un tentetieso con el que solía jugar de pequeña. Fue un pequeño detalle que significó algo. Le miré a los ojos, un marrón precioso, y, segundos después de contemplarlos, me dirigí a su frente, donde vi una enorme marca de nacimiento, y después, a su pelo, algo rubio. Sabía que era buen chico. Se lo notaba en la forma de sonreírme, de examinarme, tal vez igual que yo le examinaba a él. Después de una sonrisa por parte de los dos, me dirigí a Marcos, un chico al que conocía desde hacía más tiempo que a los demás, pero que no lo parecía; según pasaban los meses, dábamos un paso atrás en nuestra amistad. Estaba con su habitual cara de orgulloso y con un cigarro en la mano derecha, entre los dedos anular e índice. Le miré con cara de 'No debes...', pero se encogió de hombros. aparté mi mirada hacia otro lado, le buscaba a él, y le encontré, pero...
-Manuela, ¿ese es Álvaro?
-Claro, ¿qué pasa?
-¿Qué tiene en la mano?
-Un porro. Lo dices como si el olor no llegase hasta aquí. - lo dijo en un suspiro. - ¿Has visto también la botella de DYC que tiene al lado del pie?
Me acerqué como pude, tambaleándome y pensando si lo mejor sería dar la vuelta. Tarde. Patricia me había visto y cuchicheado a Álvaro cualquier insulto mediocre, igual que lo era ella.
-Eh..., hola, Álvaro, ¿qué haces?
-Intentaba pasar de ti, pero no funciona, por lo que veo.
-Me refería a eso... eso de la mano.
-Se llama porro, idiota.
-¿A qué viene eso?
-Anda, pírate con Ángel, que te está poniendo una carita de perro abandonado increíble, chica.
Le di un beso a Manuela, otros dos a Ángel más una sonrisa y un sutil movimiento de cabeza a Marcos. Me fui.

Era viernes. Viernes de octubre. Álvaro y yo dimos un paso bastante grande a finales de verano al poder hablar cinco frases seguidas sin mala intención por esas fechas. Eran las ocho. Sergio, un amigo del colegio que había pasado parte de las tardes del verano con nosotros, me llamaba al móvil. Su voz al otro lado del teléfono me confunde, y sus palabras, me derrumban.
-Celia, Celia... se le han llevado... Álvaro... esta mañana... Valladolid... centro de menores... - La voz se le trababa y podía oír cómo se sorbía los mocos. Probablemente, él pudo notar o, en su defecto, intuir, cómo una lágrima correteaba por mi mejilla. La primera de muchas. Y mi voz pedía explicaciones. Sabía las respuestas, pero quería más. Quería y necesitaba. Mi corazón se atrevió a buscarlas... ¿Lo único que encontré? Recuerdos. Recuerdos clavados en mi memoria. Recuerdos que me hacían volver atrás. Que, por mentiroso, aprovechado, falso y orgulloso que hubiera sido, todo aquello que habíamos vivido... era pura y absolutamente real. Todo. Pensé en gritar, en salir corriendo de allí, pero.. ¿adónde? Llamé a Marcos y a Ángel, que estaban juntos. Ellos todavía no lo sabían. En principio, para los dos, fue una sorpresa más que una mala noticia. Colgué. Pasé la tarde como pude y, al llegar a casa, hice un recorrido por todas y cada una de las redes sociales. Miles y miles de personas, mejor dicho, hipócritas, habían llenado sus perfiles y cuentas de fotos de Álvaro y frases de despedida. Personas que no eran más que desconocidos suyos. Conocidos de vista. Gente que 'le odiaba'. ''Amigos''. Vi un perfil, el de Manuela, que no tenía nada puesto sobre Álvaro. Ella, que siempre estaba hablando de él. Me di cuenta de que la persona que más aprecio le tenía y que, probablemente la que peor lo estaba pasando, era la que más se lo callaba. Lo que los demás querían era simplemente aparentar. Apagué todo. Cerré el ordenador, dejé el móvil encima de la mesa y me limité a pensar. Le pensé a él, a nuestras tardes en el parque con una cámara y miles de sonrisas, al día que me pidió perdón por su actitud el día que conocí a Ángel, a los abrazos que me había dedicado en varios momentos del verano, al porro que más de una vez había tenido que esconderle, a qué haría él ahora, a cómo sobreviviría sin él hasta que volviese, a las tardes de verano que se pasaba cantándonos conciertos enteros de Fito y los Fitipaldis... Y le pensé tanto, que por tanto pensarle, descubrí un amor incondicional a pequeños detalles, a él. Todavía.
-Celia, ¿estás bien?
-Sí, Álvaro, estaba pensando un poco.
-Anda, ven aquí y dame un abrazo, fea.
¿Recordáis esas dos palabras que estaba deseando escuchar hace bastantes meses en cierta conversación telefónica? Bien, pues...
-Celia.
-Dime, Álvaro.
-Te quiero.

sábado, 1 de junio de 2013

Te he mentido, pero también me he mentido a mí.

He decidido hacerte esta carta porque mereces saber que nada es culpa tuya. Simplemente, todo ha cambiado y no sé decirme por qué. Te adoro, pero no puedo seguir contigo. Lo cierto es que te he mentido, y eso no es lo peor, lo peor es que lo llevo haciendo desde el primer día, y lo más ridículo es que también me he mentido a mí misma creyendo que por fin de había encontrado.
Adoraba cómo pasabas de enfadado a enamorado en segundos. Me encantaba tu piel y el
olor a colonia cada vez que me abrazabas. Adoraba el modo en que me decías que sí a todas mis locuras. No podía vivir sin tus abrazos constantes. Me encantaba cuando te burlabas de mis tonterías y eso te hacía estallar en mil sonrisas. Disfrutabas sin hacer nada, matando el tiempo. Besándome. Besándonos. Adoraba tantas cosas de ti.
En cambio, ahora, odio tus cambios repentinos de humor. Odio cuando te pones mil litros de esa colonia y el olor es tan fuerte. Odio tu poca iniciativa y que digas que sí a todo. Me agobia que quieras estar siempre pegado a mí y me enfurece que te burles de mis cosas y encima te rías. Me aburre estar sin hacer nada, perdiendo el tiempo.
Por eso no puedo seguir contigo. Porque cometí ese error que comete todo el mundo de creer que eras quien yo quería que fueras. De, sin conocerte, decirte que eras el hombre de mi vida. De pensar que eras mi uno entre un millón. Porque eran más las ganas de encontrarte que las de estar contigo. Pero no has sido tú el único engañado. Yo también me creí que eras para siempre, que serías mi antes y mi después, lo que siempre había soñado. Sé que me volverá a pasar, me volveré a mentir. Volverás a aparecerte y volverá a parecerme todo increíble. Me veo mintiéndome otra vez, equivocándome, pero ya no contigo, ya no contra ti. Lo siento mucho. Te deseo lo mejor.