que llenamos
juntos.
Nuestros corazones.
Desbordados.
Llenos de colillas
y ceniza.
Llenos de restos de algo
que antes hubimos disfrutado.
De aquello
que sólo queda limpiar.
Dejar sitio para todo lo que podamos
volver a disfrutar.
Y así,
hasta que el cenicero se harte
de tantas quemaduras
al apagar los cigarros
y decida que
tal vez mejor
es apagar
nuestra vida.
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