miércoles, 28 de agosto de 2013

''Pero Peter, prometiste que no crecerías''.

Hemos pasado de pisar las colillas encendidas que tiraba cualquiera a la calle, a ser ahora nosotros ese ''cualquiera''. De que nuestra madre nos dejase marcas de pedorretas en la tripa a que ahora esas marcas sean chupetones del lío de anoche. Pasar de poner dinero para regalos de cumpleaños a ponerlo para botellones. De rogar cinco minutitos más a tu madre en la cama a rogarle para llegar más tarde a casa. Pasar de bebernos de un trago el cola-cao  a bebernos de un hidalgo el cubata. A tener ojeras por pasar más tiempo de la cuenta pegados al televisor a tenerlas por una noche en vela, pensando en esa persona. Esa puta persona. Esa misma que es la culpable de que hayamos pasado de tener los ojos rojos por cualquier rabieta tonta por un capricho aún más tonto cuando mamá decía que no, a tenerlos así porque ahora sea esa persona la que te diga que no. Hemos pasado tanto. Hemos... bueno, lo que se dice... crecido.

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